«Podría hablar, una vez más, de la fugacidad de las imágenes en la contemporaneidad y del problemático déficit de atención en el arte. No voy a decir que esto sea un acto de resistencia, pero es imposible no ver que la obra de Alberto Montes no está hecha desde la inmediatez o desde el impacto. No se trata de imágenes que se entregan rápido, ni de un paisaje entendido como excusa. Es necesaria una detención, un paseo lento por el cuadro y mirarlo de la misma manera que está hecho. Hay un gesto de aproximación insistente, una forma de (re)mirar el entorno hasta que aquello aparentemente secundario comienza a adquirir una intensidad subcutánea. Su pintura resulta de un ejercicio de observación profunda antes que de la mera contemplación. Contemplar apacigua y calma; observar, en cambio, señala, concentra y estrecha el campo visual desde lo analítico, no con una pretensión académica, sino por un interés humano.
Desde este prisma, Montes construye sus cuadros como investigaciones sensibles sobre su paisaje inmediato y la posibilidad de un descubrimiento continuo. Aunque exista algo de método, la intuición pictórica, la búsqueda y la experiencia directa son las que marcan la topografía del cuadro. Ese paisaje sirve como aglutinante de su trabajo, pero la aproximación hacia este nace de entenderlo como un territorio vivo de relaciones: entre lo vegetal y lo animal, lo mineral y lo orgánico, el recuerdo individual y la biografía colectiva. Las imágenes parecen surgir desde abajo, desde la tierra misma, como si la pintura todavía conservara algo del sedimento del que procede.
Hay una atención particular hacia aquello que sobrevive en los márgenes periurbanos de un pueblo: plantas entre el alquitrán y brotes que emergen del cemento, elementos que continúan creciendo a pesar de la dureza de lo construido. No son tratados por el pintor como “malas hierbas”; estos detalles dentro del urbanismo rural son revelados como espacios de fricción donde la naturaleza resiste adaptándose a luces extrañas y falsos calores.
En Donde aún crece hay algo más que consecuencias plásticas de recorridos nocturnos y encuentros crepusculares bajo farolas y destellos. Más allá de aberraciones cromáticas, estrangulamientos del color o ciertas distorsiones asociadas al recuerdo, todo lo anterior se abraza por formar parte de un paisaje enrocado en lo conocido. La pertenencia no se ha perdido, ni tampoco el vínculo; no cabe lo nostálgico o lo dramático en los momentos efímeros. Tampoco se busca una exaltación innecesaria de lo propio. Para captar toda su fuerza, conviene analizar el espacio más allá de su mero aspecto exterior. Los valores estéticos del paisaje (ritmos, masas, colores, composición) poseen una significación más profunda en la intimidad y la vibración de las percepciones, diferenciada según quienes viven en él y quienes lo observan.[1]
La presencia de Dana, la perra del artista, y su experiencia compartida en la recolección de estas referencias es reveladora. El paseo y el caminar canino introducen otra lógica de observación que interrumpe la perspectiva clásica: una mirada baja, cercana al suelo, guiada por el instinto y el descubrimiento olfativo, aplica un nuevo proceso metodológico. Ambos, animal humano y no humano, comparten el hecho de tener un cuerpo y una “carne”,[2] una experiencia perceptiva, relacional y subjetiva. Dos cuerpos en movimiento y dos formas de exploración atravesando el mismo territorio resultan en imágenes que se generan desde ese binomio, motivadas por el desplazamiento simultáneo y cotidiano.
Esta correspondencia dual confluye en lo germinal, en la antesis. La floración representada no huye de lo simbólico. Gracias a la mano, lo vegetal se acerca por momentos a lo microscópico, descubriendo la materia. Montes complejiza la mirada ante un evento aparentemente anodino, como un reto perceptivo, una tentativa de acercamiento desde lo afectivo. En esta exposición no encontraremos sentencias dogmáticas sino vínculos complejos y abiertos, una empatía compartida entre tallos, hojas y pétalos, un aprecio por aquello que, aún olvidado, vive y crece.»
Eladio Aguilera
[1] Frémont, A. (1976) La Région, espace vécu. Paris: Flammarion, pp. 258–259.
[2] Segarra, M. (2022) Humanimales: Abrir las fronteras de lo humano. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
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