El trabajo que presenta Carlos Montaño en Birimbao a partir del 24 de Abril, despierta un interés extraordinario al mostrar la voluntad del artista de ofrecer “desnudo de equipaje” un conjunto de obras en las que cada una es síntesis y al mismo tiempo análisis de un concepto total del hombre, del tiempo, de la historia. Una visión que responde, como es lógico, a su personalísimo camino artístico en el que la solidez y sinceridad creativa se convierten en norte de una vida que expresa a través de la escultura, el dibujo o la pintura, también la docencia, lo más profundo de su personalidad.

 

El ejercicio del arte obliga a vivir en atención constante. Cada día, Montaño se levanta con el alba, allí donde se encuentre pasea la ciudad. En el camino, observa el ambiente dejándose emocionar por las cosas y personas que descubre. Un bagaje de vivencias que se van interiorizando, convirtiéndose en formas, en elementos estructurales con límites y contornos propios que responden a sus expectativas y a sus necesidades expresivas. Es particularmente sensible a la belleza sencilla del presente y sintiendo cómo la energía potencia el universo, busca imágenes para concretar ese sentimiento. Así aparece en todos los cuadros de la serie, un cubo, origen de la génesis primera, hecho con puntos, líneas, planos: Volumen. Un cubo seccionado en una esquina, abierto en flecha hacia lejanos y desconocidos horizontes. Añadidos lineales que conforman lo real y lo concreto en distintos niveles de la imagen. Pero a veces la duda surge con inquietud enmarañando en curvas los conjuntos. El color y la composición son perfectos. El pincel transmite el dominio de líneas y trazos y construye representaciones de cielo junto a paisajes naturales.  Algo que se aproxima a lo comentado por Anselm Kiefer  cuando escribía: “Toda la pintura y todo lo que tiene que ver con ella, es meramente un proceso de dar vueltas y más vueltas a algo inexpresable, alrededor de un agujero negro o un  cráter cuyo centro no se puede penetrar pero al que uno siempre espera irse acercando cada vez más”  Ahora que sentimos la ausencia de Stephen Hawking  podemos abrirnos al big bang y a los agujeros negros y a esta reflexión serena de Carlos Montaño sobre los misterios de la materia y el universo celular más primitivo.

 

Ha titulado la exposición: “Preludio”, es decir, inicio, prolegómeno de lo que vendrá. También algo previo a lo lúdico, al juego, a la interpretación.  Con el título el artista quiere dejar claro, que nada de lo realizado es definitivo, que sus expectativas siguen intactas, que seguirá su búsqueda y que seguirá ofreciendo el resultado de sus creaciones ya que ese camino que ahora interrumpe — tras el paso por las siete Basílicas romanas– en la explanada de San Sebastián extramuros, posibilita muchas flechas de diana indeterminada.

 

Los cuadros, de tamaños de 110 x 150 y 80 x 120, están realizados con técnica mixta sobre tabla y en todos ellos se aprecia una suerte de división en dos mitades con sutil zona intermedia, sugiriendo los dos hemisferios cerebrales humanos y su estructura de interrelación o cuerpo calloso.

 

Como colofón un lienzo de mayor tamaño, resume brillantemente la carga emocional y creativa de todo el proceso, ofreciendo una especie de magnífico “rompimiento” en el que el cubo primigenio, revestido de matices purpúreos, flota en el espacio descansando sobre afilados grises. Todas las obras marcan impulso, voluntad, dinamismo, energía y todas prometen iluminar con fuerza sus espacios.

 

A lo largo de la exposición, puede descubrirse la presencia silente del Montaño escultor y se “capta” de alguna manera, la magia de sus personajes. Esos hombres serenos tallados en madera, que dominan los tiempos y evocan soledades. Figuras humanas testigos vitales de reflexión y esperanza. Cuerpos a medio camino entre la reducción lineal de Giacometti y la “mineralidad” de Germaine Richier entre lo amenazado y lo amenazante. Formas que instalan la inquieta serenidad de Carlos en el ambiente.

 

Alberto Hevia.