SONIDOS NEGROS Andrés Aparicio Inauguración:
jueves 1 de octubre, 20:00h
Del 1 al 28 de octubre de 2026
Pintura 95 2010 Óleo sobre lienzo 97 x 146 cm. Pintura 115 2013 Rotulador y oleo sobre lienzo 46 x 38 cm.

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Sonidos negros

 

Del 1 al 28 de octubre de 2026.

Inauguración: jueves 1 de octubre a las 20:00h.

Flâneurs entre el caos

 

La ciudad de Zaira era, según Italo Calvino, pura acumulación de huellas. Zaira no expresaba oralmente su historia, sino que, como ocurre con las líneas de la mano, la llevaba escrita en las esquinas de sus calles, las rejas de las ventanas, los pasamanos de las escaleras, las astas de las banderas y las antenas de los pararrayos, donde cada tramo aparecía surcado por “raspaduras, muescas, incisiones y cañonazos”.

 

Son muchos los caminos —o, mejor dicho, las calles— que nos conducen a la obra de Andrés Aparicio. Uno de ellos es, qué duda cabe, su condición de pintura expandida. La obra del onubense desborda el soporte pictórico, lo excede en forma y contenido, proyectándose como parte del paisaje urbano o, al menos, como si cada una de sus pinturas fuera un fragmento del mismo. Los signos y referencias que las pueblan nos empujan mentalmente a la calle, a sus restos, sus heridas y sus huellas, como diría Calvino. Indicios de un tag grafiteado, cristales rotos, chapas abolladas o persianas metálicas emergen en la pintura de Aparicio con la fuerza de un héroe que ha sido magullado pero ha vencido. Y más allá de estas referencias a los signos urbanos, a estos detalles que forman parte de nuestro inconsciente colectivo, el artista ha decidido dar un paso más allá: llevar su pintura a las dimensiones de las estructuras del mobiliario urbano. En los últimos años, Andrés ha trabajado insistentemente en ese desplazamiento: del lienzo a la puerta desechada; del lienzo al cubículo de un container; del lienzo a ese pequeño refugio construido con cartones… Esa necesidad de que su pintura adquiera la presencia física de ciertos objetos efímeros y urbanos lo ha conducido a una experimentación que podríamos catalogar de “arquitectónica”. Habrán podido observar que los lienzos que articulan esta muestra no presentan las dimensiones industriales habituales, ni se muestran individualmente sobre una pared inmaculada. Andrés los ha hecho crecer, los ha estirado, achatado o ha decidido ensamblarlos generando una propuesta instalativa que también incluye el sonido (sus piezas dialogan con una composición sonora de Antonio García).

 

Esta es otra de las calles que desembocan en el trabajo de Aparicio: el artista-carpintero que construye sus propios lienzos. En un contexto hipercapitalizado, el hecho de construir y no comprar pareciera una reivindicación gremial de otro tiempo, una puesta en valor de los haceres tradicionales. Quizá esta forma de ser y estar en el arte sea más necesaria hoy que nunca. Sí, el artista construye sus propios materiales pictóricos defendiendo aquello que Cennino Cennini explicaría en El libro del Arte (s. XIV): que la nobleza de esta práctica artística reside en el conocimiento físico y técnico absoluto de la materia. Es el verdadero artesano quien sostiene esos conocimientos profundos, esa tradición… Construir tus propios soportes es un gesto intelectual consciente y reivindicativo. Pero, más allá del pavoneo técnico, sospecho que lo mejor de este proceso para él es compartirlo con el maestro del gremio: su padre. Así, su pintura adquiere una doble dimensión “expandida”, porque desborda el propio hecho pictórico y se adentra en el mundo emocional y familiar. Esta última es, sin duda, una de las calles que más me gusta recorrer.

 

Y, a diferencia de otros creadores, Andrés no oculta sus conocimientos y dedicación técnica, la carpintería, que en múltiples ocasiones le ha brindado, como dirían los romanos, victus et amictus (alimento y vestido). Al contrario, de un modo inteligente, los usa para hacer más extensa su pintura. Y lo que quiere contar en esta muestra, tiene mucho que ver, precisamente, con una de las bases de la artesanía: la construcción de objetos funcionales. Asientos, mesas y otras estructuras nos invitan a habitar el espacio de un modo cotidiano, pero estas piezas adquieren un carácter escultórico y también pictórico alterando el sentido natural de la galería. Además, el artista ha cuidado el aspecto de estos objetos haciendo un guiño a un material habitual en los contenedores de desecho: el cartón.

 

Este enjambre de calles me conducen al corazón de la obra de Andrés Aparicio, el epicentro desde el que podemos llegar a cualquier punto de esta red. En esta placita amable nos detenemos y regresamos a la lectura de Italo Calvino, a la ciudad de Zaira y a sus muros maltrechos, y entendemos que toda ciudad se deja herir por sus habitantes, y que en ello existe también cierto gesto político. En La invención de lo cotidiano, Michel de Certeau distinguía entre las “estrategias” del poder (las calles planificadas, la arquitectura funcional) y las “tácticas” de los ciudadanos. Un trazo en la pared o el adorno improvisado en un cierre metálico son tácticas poéticas: formas en que la gente corriente reescribe la ciudad con sus propios pasos y signos, convirtiendo el espacio abstracto en un lugar habitado. Así, podemos leer también la propuesta del artista como una reivindicación poética y política de la ciudad, una invitación a entender que las calles han sido trazadas por instancias superiores pero la vida es cosa de quienes desgastamos nuestras suelas en su asfalto y adoquines…

 

Disfruten del paseo, flâneurs entre el caos.

 

Reyi Pérez Castillo

visita guiada