Una nueva exposición de Juan Romero y una nueva posibilidad de disfrutar y acceder a la belleza de unos cuadros que como siempre, relatan historias maravillosas.

“Juan Romero: Pintor de lo maravilloso”, es precisamente el título del interesante artículo de Fernando Martín, en el número 24 de la revista Laboratorio de Arte, cuya lectura ilustra magníficamente la obra y el carácter del artista al que le “Es más grato estar pintando que haber pintado”: Una declaración de principios con la que ha querido dar nombre a esta muestra y que ilustra su forma de entender la pintura. Para Juan Romero, vivir es pintar. Pintar todos los días del año en un presente continuado sin espacio para el pasado.

Y ¿para quién pinta Juan? Para él mismo, para resolver con sus obras los problemas existentes entre el lienzo y el pintor y resolverlos en una entrega total a la pintura que acepta como su terapia  personal en la vida.

Es bien sabido que la obra de Juan Romero abarca todas las técnicas: dibujo, pintura, grabado, carteles, escenografía, personalísima escultura. En esta muestra, presenta un conjunto de cuadros (acrílico sobre lienzo) realizados casi en su totalidad a lo largo de los dos últimos años.

Del amplio inventario de temas que constituyen sus obras, dominan en esta ocasión, visiones mágicas de la naturaleza que proyectan el sentir, el imaginar, el soñar, del pintor. Hay casas, paisajes, insectos, árboles… formas de espacios reales, convertidas en espacios imaginarios y fantásticos. Como siempre, cada pintura construida, supone plasmar en la imagen  un microcosmo personal constituido por elementos transformados mágicamente. Aquí están presentes los círculos que invaden espacios o marcan como astros  todo el lienzo: son sus famosos mándalas, círculos en sánscrito (a los que el pintor no presta mucha atención). En el budismo y el tantrismo se corresponden con esquemas lineales, adornados con bordados de colores simbólicos reproduciendo el universo, tal como lo concibe la cosmogonía hindú. ¿No podrían estos esquemas, relacionarse con las cenefas, ricas en formas y en colores, que con frecuencia encuadran las historias pintadas?

En relación con los árboles que se muestran, queremos hacer referencia al titulado:”Azul forestal”. Es un cuadro que sugiere desde el punto de vista formal, una síntesis entre las divinidades femeninas hindúes de múltiples brazos y los árboles mitológicos de los bosques gallegos surgiendo de la niebla o el incienso.

“El refugio” es, por otra parte, un árbol particularmente dinámico. La imagen es un cúmulo de fuerzas interiores que poseen y manifiestan gran movimiento. Sólo hay ramas y tronco de áspera y rugosa corteza otoñal. El equilibrio conseguido es perfecto e invita al sosiego y al recogimiento de la tarde-noche, cuando los habitantes de ese árbol, pájaros de especies diferentes, se abrigan en él para su descanso. Debería corresponder con una puesta de sol rompiendo en rojo, pero el pintor nos ofrece con brillantes amarillos, el sol en su cenit. Es un árbol sólido, agarrado a la tierra con firmes raíces formando una red de soporte que el suelo alimenta y hace crecer las flores, bellísimas en sus diferentes colores.

En “Primaveral”, una mariposa tamaño natural, ocupa las tres cuartas partes del lienzo en medio de un resplandor lumínico de medio-día primaveral. Observar el azul, los contrastes de puntos rojos, las brillantes nervaduras de las alas, retiene la atención: Sólo hay azulada mariposa. Pero no, repuestos de la sorpresa, la mirada se nos va a la esquina superior derecha para detenerse en una zona de sombra  (algún árbol cercano que no ha entrado en escena, la proyecta). Hay más: un derroche de forma y color en la franja inferior. Más mariposas, ruedas, flores. Un campo para disfrutar de sus habitantes durante mucho tiempo. Y todo con esa técnica tan personal y exquisita.

Equilibrio, perfección, serenidad. Hay novedad en la forma de presentar el viejo tema del paisaje. “La Morada Cúbica” está construida con elementos  redondos. Son esas ruedas de molino presentes en tantas casas del centro sevillano. Nieva sobre la casa y sus habitantes se resguardan del frío. Humean las chimeneas. El sol azulea intensamente con imaginarios reflejos que el pintor nos ofrece. Blanquean dos árboles con copos de nieve que vencen ramas y hojas. Sorprende,  porque los árboles de Juan Romero suelen ser otoñales de hoja caduca, sólo con ramas y muchos elementos ocupándolas. La composición trae recuerdos lejanos de trabajos de los años 60, pero es evidente que todo es de hoy y todo es nuevo. Todo es luz, vida sosegada y color.

Hace ya muchos años que Romero es un referente, pero definitivamente (Picasso decía que lleva mucho tiempo llegar a ser joven) su pintura ha entrado en el terreno de las aportaciones fundamentales. Si su maestro Pérez Aguilera aportó a la historia de la Pintura su personal investigación cromática y su texturación del óleo sobre la tela, cada vez más valorados con el paso de los años, Juan ha creado con su obra, un concepto de la composición basado en el ensamblaje perfecto de las partes en un todo que es único y sólo a él pertenece. Su técnica está hecha de pequeñas pinceladas que van recubriendo el lienzo hasta llenarlo por completo, originando historias y personajes maravillosos. El resultado final  es un equilibrio magistral de forma y color que seduce  al espectador. De ahí la fidelidad de tantos y tantos seguidores de su arte.

Hay que resaltar una característica común en estos últimos trabajos: la serenidad que transmiten. ¿Es algo nuevo en Romero? no. Pero sí creo novedad que esa cualidad se dé en todas y cada una de las obras expuestas .Es cómo si el maestro, alcanzada la calma del sabio que está a gusto consigo mismo, la plasmase inconscientemente  sobre los cuadros en los que trabaja. Una calma sabia, en la que debe tener mucho que ver la larga convivencia con Claudine Weiller, la mujer con que comparte vida, aficiones y hasta estudio, sin que exista mas competencia entre ellos que la de quererse.