José Carlos Naranjo (Villamartín 1983) abre la temporada 2017 – 2018.

 

Las piezas que se exhiben permiten: tanto confirmar su excelente momento creativo, como escudriñar la trayectoria artística que fluye de su arraigo en los valores más profundos de la pintura.

 

La obra de arte surge como un equilibrio entre lo real que la origina y la interiorización realizada. Cuando esta experiencia se exterioriza, la creatividad del artista construye con manchas, marcas, trazos, personalísimos juegos de luz y sombra, color y no color con los que crea espacios conmovedores.

 

Como base para pintar, Naranjo Bernal ha elegido en esta ocasión, el aluminio, un soporte que facilita, al eliminar la elasticidad de la tela, afirmar la pincelada y marcar resaltes del pincel, arrastres de pintura, hendiduras y descubrimientos de la base blanca de la plancha, rompiendo la continuidad de los trazos y creando perspectivas. En ocasiones el grafito o los lápices de colores completan las opciones de composición. Cada obra va montada sobre bastidor de la misma materia, consiguiendo aligerar los cuadros, en su mayoría de tamaño reducido. Una tendencia que al mismo tiempo que busca la intimidad de lo pequeño, facilita la accesibilidad y el disfrute del público. Las historias que cuenta son mayormente urbanas, callejeras, siempre cercanas y al mismo tiempo misteriosas. Pero hay también algún paisaje y algún guiño a lo desconocido y asombroso.

 

Cómo no resaltar el particular sistema de captar y trabajar la luz que le caracteriza. Aún en la oscuridad, aún en los grises, tanto en los colores primarios cómo en los tonos más neutros que aquí abundan, la luz está presente. Basta un pequeño destello, ocasionalmente un “puntillismo” iluminando, para que el contraste de luz y sombra sorprenda y emocione en un equilibrio final que parece sin serlo, sencillo y que se convierte en uno de los rasgos más personales y creativos de José Carlos, siempre estudiando y profundizando en los maestros clásicos.

 

Precisamente este verano, una exposición: “Tronco negro del Faraón” en Unit1 Gallery de Londres, mostraba trabajos inspirados en su infantil vivencia de Velázquez y en el hacer flamenco de Manuel Torre, el “cantaor” que no sabía leer ni escribir pero que al decir de García Lorca poseía “la mayor cultura en la sangre”. En esas obras el “duende” del pintor se hacía presente a través de “su” luz y “su” color manipulando formas entre la figuración y la abstracción.

Terminamos con una referencia a un cuadro que nos resulta de una sensibilidad extrema: Bodegón en Kilburn. Un ejemplo de cómo Naranjo actualiza la vieja concepción del bodegón, esa forma de plasmar la vida cotidiana a través de frutos y cacharros. En el siglo XXI, encuentra lo cotidiano en la calle, en los barrios del extrarradio londinense donde los muros se cubren con “grafitis” y los suelos están sucios. Es el núcleo temático, lo principal, ocupa todo el cuadro. Pero el bodegón son barros y trastos: Una olla y una calavera olvidadas, abandonadas. El Barroco de Valdés Leal con sus esqueletos o las cabezas degolladas de Juan de Mesa. Lo clásico hecho presencia, renovación y fuerza.

 

En conjunto, la exposición es el resultado de la alegría de expresarse y es extraordinaria.

Alberto Hevia