El aire que nos llega, el título de la nueva exposición en Birimbao, es un aire que ya está, que ya es presencia y que sopla con la fuerza creativa de seis artistas andaluces que forman parte de una generación maravillosa de pintores muy pintores.

Con una diferencia de once años, todos se han formado en un contexto teórico y estético universitario, caracterizándose por hacer del pensamiento la semilla de su arte. El estudio, la observación, la reflexión, marcan una postura común que se individualiza en seis personalísimas formas de expresión. Si forma, color, composición, están en la base de toda creación pictórica, cada uno de ellos marca su estilo según sus propias convicciones y por qué no, sus propias necesidades.

La obra de David López Panea, el decano del grupo, es un juego de luz y forma que marcan con fuerza la sorpresa y belleza de esos parajes de los Cahorros granadinos hechos cuerpo a través de un juego muy inteligente de trazos, líneas, sombras para resaltar montaña y vegetación.

Una magnífica composición es la obra de Cristóbal Quintero donde las líneas curvas y quebradas, la luminosidad del color, la cerrada imagen de la pareja generadora de estrellas, terminan por abrirse a las frutas como alimento de vida y permanencia.

Norberto Gil que elige la arquitectura como campo de experimentación y búsqueda, ofrece su particular manejo de líneas y planos trabajando, de manera muy personal y creativa con el color y su iluminación.

Decía Ignacio Tovar: “Si tuviera que destacar un único elemento de la obra de Ismael Lagares, lo que más me interesa de su pintura es la exuberancia de la materia pictórica.”. Esas masas “matéricas” están presentes en su obra, buscan el relieve y originan zonas de luz y sombra que dan lugar a variaciones tonales de los colores usados y crean torbellinos de formas marcando los espacios.

El manejo del negro y la nocturnidad, es un don innato en José Carlos Naranjo. Usa el negro para crear luz y consigue al mismo tiempo profundidad y cercanía en un espacio que se adivina, vasto y tenebroso.  Las edificaciones de la gran ciudad iluminan construcciones y personajes. Las luces viarias sirven de guía hacia el fondo de la obra y completan el conjunto dándole solidez y belleza.

Ana Barriga, es la benjamina del grupo. Usa la pintura como herramienta para conocer e interpretar su entorno, intentando constantemente encontrar el equilibrio entre razón y emoción, acierto y error.
Desde esas bases, su obra “El bocachoco”, podría ser la imagen de algún sueño que busca romper normas y subvertir imposiciones. El trabajo está realizado con técnica extraordinaria y un uso inteligente de los colores primarios que junto a ligeros toques de blanco, sirven para resaltar el negro fulminante del bocachoco.

Alberto Hevia