A finales de 2014, José Carlos Naranjo (Villamartín, Cádiz, 1983) se traslada a vivir a Londres. Ese giro supone un antes y un después tanto en su vida como en su obra. Fue una decisión arriesgada que le ha hecho crecer y enfrentarse a la pintura de otra manera. Además, el conocer otros contextos le ha permitido enriquecer su trabajo y relacionarse con otros artistas jóvenes –tanto españoles como de otras nacionalidades- con cierta proyección internacional.

 

Siempre se ha dicho que los artistas son el reflejo de su tiempo y del ambiente que les rodea. En el caso de Naranjo, el dicho se cumple a la perfección. Londres es una ciudad llena de oportunidades pero que al mismo tiempo requiere un ritmo de vida frenético que exige adaptación e incluso caminar un paso por delante de las circunstancias. Consciente de la coyuntura, desde que aterrizó en tierras londinenses no ha parado de evolucionar e investigar en su pintura, pero es ahora cuando confiesa sentirse más en sintonía con su trabajo.

 

En 2015, en esta misma galería, José Carlos exponía un conjunto de piezas en papel y lienzo y en formato medio fruto de la residencia artística Griffin Art Prize desarrollada durante su primer año de estancia en Inglaterra. En ellas nos mostraba un conjunto de escenas cercanas a las que ya nos tenía acostumbrados: escenarios callejeros en completa oscuridad únicamente iluminados por la luz de lo que parece ser un fuerte flash. Además, las referencias a la Historia del Arte y a la tradición pictórica española estaban presentes, tomando como inspiración los grabados y lienzos de Goya descubiertos hacía poco en la National Gallery de Londres.

 

En ‘Chapa y Pintura’ nos percatamos que algo ha cambiado. En primer lugar, el empleo de formatos pequeños y aluminio como soporte nos apunta a una experimentación con los materiales. En segundo lugar, aunque el artista no se aleja de esas imágenes llenas de enigmas, éstas son tratadas de tal manera que vemos una transformación en su manera de trabajar.

 

En cierto modo, se aleja de ese tratamiento cercano a la fotografía. Aunque por supuesto lo figurativo está presente, en algunas piezas indaga en los límites entre figuración y abstracción, como observamos en algunas obras. En ellas, experimenta con la mancha de color, creando una figura central incierta que da pie a interpretaciones. En otras piezas, sin embargo, el espacio pictórico es tratado como una ventana donde aparecen figuras humanas de espaldas al espectador, y donde manchas de color rodean la escena o incluso la invaden en un juego abstracto de experimentación por parte del artista, como observamos en algunas de las piezas presentadas.

 

A pesar de ello, Naranjo no trabaja con el fin de crear historias que el espectador pueda interpretar. La raíz y su propósito principal es estudiar el lenguaje de lo pictórico, siempre desde la franqueza y la espontaneidad. Como ya se ha comentado, las alusiones a la Historia de la Pintura son frecuentes –Goya, Velázquez, Zurbarán son algunos de sus referentes-, pero no sé interesa por la narración de lo representado, sino por el resultado final del proceso pictórico. En definitiva, su método de trabajo responde a la improvisación, liberándose de cualquier ritual, creando escenas que han permanecido en su memoria y que exterioriza naturalmente cuando se enfrenta al soporte.

 

Tal y como comentaba el propio artista y recogía el crítico Benjamin Cockett en el catálogo de la exposición The Black Trunk of the Pharaoh en la galería Unit1 de la capital londinense, “me siento cómodo pintando escenas en oscuridad, pero siempre busco otro punto de vista. En un proceso lleno de técnica. A veces hago conexiones con la Historia del Arte, otras necesito tiempo para tomar la decisión de qué está siendo representado exactamente en el soporte. Intento permanecer concentrado. Otras veces doy un paso atrás y realmente me sorprendo; quizás termine mi vida loco, pero actualmente me siento en armonía con este proceso”.

 

Paloma Soriano